Claire Keegan / Antártida

18Ene10

La crítica literaria suele carecer de muchas virtudes pero si hay algo que no escatima es la generosidad. La sensación es, todo el tiempo, que existen demasiados genios ocultos, que somos tan ineptos como para no saber verlos y que, en consecuencia, siempre se necesita de un iluminado que cumpla el desagradable rol de avivarnos. A eso se le llama, en la mayoría de los casos, vender pescado podrido, y el negocio editorial forma parte en buena medida de ese mecanismo perverso travistiendo rescates, disimulando subsidios, inflando tímidas promesas, en fin: haciendo lo posible por ocultar sus carencias o sus límites. De ahí que cuando un sello celebra un “descubrimiento”, suele accionarse el runrún de la desconfianza. De vez en cuando, entonces, se pasa por alto a un autor que se las traía, aunque luego, antes de que sea demasiado tarde, con frecuencia tenemos ocasión de redimir nuestro equívoco.

La edición de Antártida, el primer libro de relatos de la irlandesa Claire Keegan, que llega un año y pico después de la traducción del posterior Recorre los campos azules (el orden original está invertido), alcanza y sobra para poner las cosas en su sitio y demostrar que, bueno, los prejuicios sirven, pero de muy poco. Importa poco, también, si su estilo se asemeja o no al de Carver; a esta altura, se trata de un adjetivo carnívoro que todo lo devora –incuso, sin piedad, la propia obra del creador de Tres rosas amarillas–, al punto que parezca imposible elaborar una poética suburbana o rural sin que resuenen los alaridos silenciosos del fantasma carveriano. Tal vez sería más justo, al menos hasta que la referencia se desdibuje, acercar a algunos de sus personajes a las fronteras de la crueldad y la violencia sólo a veces contenida de Cormac Mc Carthy, y en otros momentos a la tristeza sublime y final de ese otro descubrimiento –real– que fue hace no mucho, al menos para los lectores argentinos, del también irlandés John Mc Gahern. Con absoluta maestría, Keegan obliga a que el lector ejerza su natural imprudencia: se sabe que lo mejor sería no seguir leyendo, no abrir esas puerta ni ese recuerdo ni meterse en la intimidad de nadie, pero, por supuesto, no hace caso. Si una y otra vez nos sentimos decepcionados no es a causa de que los relatos descarrilen: se trata de nosotros, otra vez incapaces de manejar mejor nuestros propios sentimientos.

José María Brindisi

Eterna Cadencia. 202 páginas. Traducción de Jorge Fondebrider.

PUBLICADO EN ENERO DE 2010



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