Enrique Pezzoni / El texto y sus voces

04Feb10

En 1986, la editorial Sudamericana publicó El texto y sus voces, un volumen que reunía ensayos y notas que Enrique Pezzoni había publicado desde 1950 hasta ese entonces. Se pretendía reunir en el libro un conjunto de escrituras dispersas que no habían sido producidas bajo el imperativo de unidad. El gesto parecía consagratorio y a la vez redundante porque, tal como señala Luis Chitarroni en el prólogo a la nueva reedición de El texto y sus voces, a comienzos de los ochenta y “sin libros todavía”, Pezzoni ya era “el epítome del ‘hombre de letras’”.

El hombre de letras, el intelectual, es una figura moderna que se distingue del letrado decimonónico y del académico contemporáneo. El intelectual vive en un espacio intermedio, entre la falta de autonomía del campo intelectual y sus aspiraciones de autonomización más extrema. Ya no le debe su existencia a los mecanismos de administración del Estado ni a los de una institución cerrada sobre sí misma, sino a un campo distinto: el de la cultura, el del espacio público, el de la sociedad civil. Por eso, el intelectual está más ligado a la producción de disenso que a la consolidación de la hegemonía; se ubica cerca del ensanchamiento de los espacios de circulación de la palabra y a una distancia prudencial de la especificación del saber. De allí la sospecha que a veces despierta, de allí que un modo de la difamación sea acusar al intelectual de “diletante”, tal vez como un modo de conjurar su movilidad y su capacidad de mezclar tradiciones y espacios.

A comienzos de los ochenta, Enrique Pezzoni es el epítome de ese tipo particular de intelectual que es el hombre de letras o el crítico literario. En él confluye la construcción y difusión de un canon literario –motor de la existencia de la revista Sur, de la que Pezzoni participó además como secretario de redacción– y la avidez por una aproximación más específica y textual del hecho literario, promovida por quienes fueran sus maestros en el profesorado –como Raimundo y María Rosa Lida– o sus guías en el ámbito universitario, como Ana María Barrenechea. Al reunir ensayos que Pezzoni escribió para Filología, la Revista de Occidente y la Revista Iberoamericana entre muchas otras, pero también notas publicadas en Clarín y Sur, El texto y sus voces señala el rumbo que, en las últimas cuatro décadas, fue tomando la crítica literaria en Argentina. Seducido especialmente por aquellas poéticas de la experimentación o la transgresión –Baudelaire, Kafka, Joyce, Pizarnik, Borges, entre otros– pero atento al riesgo de que las vanguardias se conviertan en “rebeliones institucionalizadas” –problema del que se ocupa el ensayo que abre El texto y sus voces–, dedicado a explorar nuevos modelos críticos para pensar las transformaciones del canon literario y para dar cuenta de la experimentación como motor de esas transformaciones –desde el formalismo ruso, pasando por Bajtin y Mukarovsky, hasta Barthes y el grupo TelQuel–, la escritura de Enrique Pezzoni encarna una inflexión en el modo en que se concibe la tarea de la crítica y la definición misma de literatura. Si el texto, el poema o la novela, es “un entramado de voces”, el crítico ya no es alguien que lo describe como si se tratara “de una existencia ajena o inmune a su modo de percibirla”. Muy por el contrario, es alguien que sabe oír las voces de un texto, “elige unas a expensas de otras, las une por simpatías y diferencias a las que oye surgir en otros textos”. Pezzoni es el crítico como lector, alguien que practica el arte apasionado y vital de la lectura, ya sea para detectar nuevas voces y sonidos –algo que Pezzoni hizo como asesor editorial de Sudamericana– o para entablar un diálogo particular con esos textos. Ese diálogo, que aquí toma la forma de ensayos sobre Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Octavio Paz o Henry James, puede tomar también esa forma de acople y defasajes de lenguas que llamamos traducción. Atento a ese juego de resonancias y reverberaciones, Pezzoni tradujo a Nabokov, Donleavy, Melville, Baldwin, T.S. Eliot.

El trabajo de Enrique Pezzoni, como ensayista y crítico, traductor y asesor literario, es un juego de ecos que ensaya variaciones sobre la voz del intelectual. Aunque la palabra del intelectual también circule por escrito en ensayos y libros, es evidente que la constitución del intelectual se da a partir de una relación particular ya no con la letra, sino con la voz. Se trata de identificar las voces de una cultura, de alzar la voz para intervenir en el campo cultural, de trasmitir un modo de hablar, es decir, un modo de pensar. Así dialogaba, intervenía y se amplificaba exaltada y elegante, la voz de Pezzoni en las aulas del Nacional Buenos Aires, del Lenguas Vivas, el Normal 10, el Instituto Superior del Profesorado, como visitante de universidades extranjeras y como titular de la cátedra de Teoría Literaria y director de la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Convencido de que la constitución de un sujeto intelectual en Argentina –explica Daniel Link, en una nota publicada unos años después de la muerte de Pezzoni en 1989– e incluso “los contenidos de una política cultural progresista pasan necesariamente por la práctica docente”, Pezzoni hizo de la voz y del cuerpo del profesor el instrumento de una tarea política, y de la lección, un texto crítico apasionado y efectivo. Los efectos de esa tarea política están dados, entre otras cosas, por la reforma de la universidad de la posdictadura, por la reestructuración del plan de estudios de la carrera de Letras y la transformación del plantel docente –incorporando entre otros a Nicolás Rosa y Ricardo Piglia.

En El texto y sus voces, en las clases sobre Borges –reunidas por Annick Louis en Enrique Pezzoni lector de Borges–, en traducciones y ensayos dispersos, pero además en las voces de amigos, colegas y discípulos –Jorge Panesi, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer, Edgardo Cozarinksy, Daniel Link, Delfina Muschietti, Luis Chitarroni, Tamara Kamenszain, entre muchos otros– sigue resonando, literal y transformado, el vozarrón histriónico de Enrique Pezzoni. Es precisamente en este vagabundeo por los espacios y registros del lenguaje, que “el crítico compone la biografía de la literatura, que es su autobiografía”. Precisamente allí, en esa misma errancia, es donde también reside su tarea como intelectual: sostener el equilibrio crispado, el roce fugaz y definitivo entre cuerpos y voces, entre libros y experiencia, entre el oficio y la pasión, entre el mundo de la política y el universo de los afectos.

Paola Cortes-Rocca

Eterna cadencia. 356 páginas. Prólogo de Luis Chitarroni.

PUBLICADO EN SEPTIEMBRE DE 2009



One Response to “Enrique Pezzoni / El texto y sus voces”

  1. Adecuada esta reseña del libro de Enrique, de quien fui amigo. Aprovecho para preguntarles si podrían pasarme un mail de Juan Bignozzi, con quien me gustaría comunicarme. Saludos. Eduardo


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