En el lago y País de Nieve / Yasunari Kawabata

17Feb10

Se podría decir, parafraseando a Martín Gambarotta, que nunca el mundo de la publicidad podrá tener una idea que no se haya gestado de alguna manera con anterioridad en el mundo de la poesía. Es así como aún hoy secretamente la poesía, lejos de la mirada de la cultura de masas, sigue constituyendo una especie de centro. Y es precisamente de ese centro del que se alimenta tanto la publicidad como los imperios para los cuales, en definitiva, no hay batalla ganada si no es a través de la metáfora. Pensemos en la poesía épica que cantaba las batallas y las genealogías vencedoras, pero también pensemos en Mahmoud Darwish, quien dijo que si él sentía que su pueblo era derrotado en el campo de la metáfora ya no habría ninguna esperanza. ¿Pero qué puede tener qué ver todo este mundo lejano de pequeñas reflexiones con la publicación reciente de En el lago y País de Nieve, de Yasunari Kawabata?

A fines del siglo XIX en Inglaterra, el poeta Laurence Binyon se dedicaba al estudio de las lenguas romances y orientales, produciendo catálogos y estudios sobre Japón y China. Fue uno de los primeros en incorporar a su poesía cierta imaginería japonesa, cierta forma de ver el paisaje, así como cierta manera de entender la traducción que tanto influenciaría a sus protegidos Ezra Pound y Arthur Waley. No fue hasta que el grupo de Bloomsbury descubrió plenamente a una escritora como Murasaki Shikibu que su prosa fue descubierta por los lectores europeos luego de dormir casi mil años. Toda una manera de entender la traducción, pero también toda una manera de entender la cultura. Si traducir es traducir cultura, podríamos decir que es aquí donde se cristaliza una manera de ver al Japón, conjuntamente con el nacimiento de una de las poesías más importantes del siglo pasado, la norteamericana, a la vez que la expansión imperialista de los Estados Unidos comenzaba su curva ascendente. Todo el corpus de la poesía norteamericana define una manera de leer los clásicos, en especial a los japoneses, cuya línea va de los imaginistas hacia Rexroth, los beatniks y los experimentos con el haiku y el surrealismo por parte Ashbery. Los Estados Unidos no sólo se expandían por el mundo ganando guerras y mercados sino que también exportaban su poesía y su comprensión de otras culturas.

Sería necesario un estudio erudito para saber si es por la falta de traductores o por la fuerza con que la impronta poética norteamericana se imprimía en otros sistemas poéticos que las traducciones originales desde el japonés fueron tan escasas en el siglo veinte dentro de la cultura hispanoamericana. Tenemos algunas traducciones en México, un capítulo aislado del Gengi, pero casi todo se traduce a partir de las versiones que existen en inglés o en francés. La editorial Emecé, por ejemplo, ya había publicado en los setenta a Kawabata, pero otra vez nos encontramos con el mismo problema. Tanto las traducciones de los setenta como las actuales –salvo las de Amalia Sato– ofrecen un reflejo de las versiones sajonas, muchas de la década del cincuenta y del imaginario de expertos como Edward Seidensticker. Es ilustrativa la anécdota de Sato con respecto a su lectura de las versiones de Mori Ogai en el original y en las versiones de Seidensticker. Mientras que el original combatía cualquier idea de orientalismo por parte del escritor japonés, la traducción de Seidensticker reforzaba dicha idea.

Tenemos, entonces, En el lago, traducida por Sato, y País de nieve, traducida por Juan Forn: experiencias que nos colocan frente a dos maneras de entender la cultura japonesa, la literatura. País de nieve, que también figura como un cuento breve en otra versión que Kawabata reescribió poco antes de morir y que fue recogida en su colección de textos cortos publicados bajo el título Relatos escritos en la palma de la mano, es tal vez la que se considera la primera obra maestra de Kawabata. En este libro están todas las obsesiones a las que Kawabata irá volviendo una y otra vez a lo largo de su producción novelística: la tristeza que produce la percepción de lo bello, las relaciones entre mujeres jóvenes y hombres viejos, la mujer punctum que hechiza diabólica y fatalmente el deseo del hombre, la recopilación de las actividades tradicionales del Japón, los juegos de espejos entre las diversas mujeres que suelen acechar al protagonista, por citar algunas. Pero es tal vez cierta noción “romántica” la que Kawabata aporta con mayor fuerza aquí, alejándose del naturalismo que imperaba en la literatura japonesa: cierta unión hacia el más allá del paisaje cuyo puente es la voz de una mujer o su unión imaginaria con él mismo. Un mujer y una montaña se despliegan y se unen como en una pantalla de cine, mientras que separados no son nada. Kawabata es un maestro de este tipo de uniones y contrastes. Así como Reverdy definió a la fuerza poética como el encuentro de dos imágenes lejanas que se unen con justeza, así Kawabata se enfrenta a la unión de realidades contrastantes en las que la decadencia y la muerte son trabajadas en toda su expresividad sin perder nunca de vista la depuración que estos temas deben soportar al ser percibidos por cierta claridad casi “clásica”, minimalista, de la prosa en la que nos llegan sus novelas.

Nunca la desintegración triunfa sobre la forma diáfana de la escritura con la que Kawabata se expresa, si bien los relatos pueden tener un desenlace catastrófico. El sufrimiento, tema central, será bello sólo si es expresado bellamente, y aquí “bellamente” significa atenerse a una diafanidad que siempre intenta controlar un trasfondo de corrupción, dolor y muerte. Si esta diafanidad no triunfa, los seres y los objetos serán tan solo objetos y seres perdidos en lo informe, en lo doméstico. El sufrimiento es bello solo si es bellamente expresado. Maestro del contraste, cuando Kawabata había llegado a dicha diafanidad máxima como en la novela citada, nos da con En el lago, un tour de force en el que mediante un juego informe de asociaciones, casi un afterhour de la mente, un protagonista persigue muchachas jóvenes mientras es perseguido por los recuerdos de su infancia, de su primer amor. ¿Qué es flash back y qué es presente? ¿Cómo sale del laberinto narrativo este personaje que se siente atraído por aquello que más teme? El recuerdo, casi como si de un thriller se tratara, va entretejiendo una novela carente de narratividad y de aquella diafanidad que Kawabata domina. Mientras que en País de nieve la transparencia del estilo triunfaba sobre el caos, aquí es la disolución y la enfermedad lo que horroriza dominando todo intento de síntesis.

Germán Scalona

Emecé. 144 páginas. Traducción de Amalia Sato.

Booket. 160 páginas. Traducción de Juan Forn.

PUBLICADO EN JULIO DE 2009



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