Hernán Ronsino / Glaxo

17Feb10

Un pueblo de la provincia de Buenos Aires facetado en el tiempo: 1959, 1966, 1973 y 1984. Vandermann, Bicho Souza, Miguelito Barrios y Folcada: cuatro voces desplegadas sobre un territorio común; la fábrica, el tren, el cine y la peluquería de ese pueblo. La fábrica es Glaxo, la misma que da nombre al tercer libro de Hernán Ronsino, y a toda una porción de su pueblo natal, Chivilcoy, en el que tiene lugar el relato. “Después de la Glaxo empezaba el campo”, recuerda Ronsino. Glaxo, la novela, empieza con una cita de Operación Masacre de Rodolfo Walsh, que no funciona como declaración de principios o de afinidad literaria, sino para anclar la novela en relación a un hecho indeleble de violencia política de la historia argentina como son los fusilamientos de José León Suárez. Uno de los personajes de la ficción, Folcada, no sólo participó en el hecho, también fue uno de los policías que fusiló a los detenidos peronistas en el basural del conurbano, sin darse cuenta de que algunos quedaban con vida. Incluso está al tanto del revuelo que la investigación posterior causó en la opinión pública. Ronsino: “Me interesaba trabajar con esa cita de Walsh, primero como una forma de referir a esa época, una manera indirecta de intervenir, digo, teniendo en cuenta que pertenezco a un mundo totalmente ajeno a ese tipo de sujeto político. Citar, de algún modo, a Walsh, para poder narrar esa época. Y también tomar un poco de distancia, una distancia biográfica. Hay una línea delgada entre la realidad y la ficción en Operación Masacre que me interesaba introducir en un relato absolutamente de ficción.

Como las manchas de sangre de José León Suárez, hay otro secreto, varios en realidad –una infidelidad, una traición, un asesinato y una huída–, que son compartidos por dos o más personajes, pero que operan en silencio. Lo más grave está por pasar o ya pasó, según en qué año estemos: el peso dramático está puesto en el fuera de campo. La Negra Miranda, una mujer tan sensual como misteriosa que aparece en el texto apenas de refilón, es el centro de gravedad alrededor del cual orbitan, más o menos cerca, los personajes masculinos –aunque ella no tenga voz. La tensión, más que poder resumirse congelada en unas cuantas palabras, se sostiene en el modo en que se van iluminando las diversas zonas –y en el modo que otras quedan relegadas a la oscuridad. Aunque hay cuidado y esmero en el armado de las frases, en la respiración del texto, Glaxo muestra estar también ensamblada con precisión desde el punto de visa de la trama, tanto en la dosificación de la información como en la articulación de cierta lógica policial. Y entonces pasan los años y un día los trenes dejan de pasar, y una cuadrilla llega para levantar las vías; la Negra abandonó el pueblo, la fábrica cierra, todo cambia. Incluso el cine ya no cumple esa función socializadora que tan bien retrata Ronsino. Porque a diferencia de La descomposición, no hay en el texto autoconciencia narrativa o dosis de teoría literaria, pero sí de películas, como El último tren de Gun Hill (59), de John Sturges, con Kirk Douglas y Anthony Quinn, que en una eficaz relectura de Puig proyectan nuevos sentidos más allá de la acción propiamente dicha o de la perspectiva de los personajes. “Me interesaba el cine como agente socializador. Como un espacio colectivo que modifica la mirada del mundo: el mozo se parece al asesino. Y además los personajes imitan en algún punto a los héroes de las películas. Es una sensibilidad totalmente de otra época. Una época que termina, me parece, a partir del golpe del 76. El golpe frena y desarma esos núcleos de movimiento colectivo: trenes, cine, fábricas y política como movimiento. Y comienza a construir, como dice Dardo Scavino, un individuo privatizado.

Con tres libros publicados (a sus dos novelas hay que agregarle su primer libro, de relatos, Te vomitaré de mi boca), la narrativa de Ronsino parece ir perfilando algunos rasgos característicos. Por una lado, una zona mítica que excede su biografía pero que podría ubicarse en un pueblo bonaerense como Chivilcoy, del que germinan sus ficciones. Así, sitios y personajes, por momentos exponentes de una sensibilidad de otra época, circulan y reaparecen por las páginas de sus diversas obras. “Lo que más me interesa explorar a la hora de escribir es la relación que se puede dar entre ‘voces’ y ‘territorios’. Si encuentro la combinación adecuada, el equilibrio entre ambos, entonces entro en un estado de ‘marcha narrativa’, podríamos decir. Es un estado. Esas dos ideas, me parece, son mucho más amplias, tienen más posibilidades que lo que puede ofrecer un espacio mítico que siempre tiende a agotarse. Con esto quiero decir que todo lo que escribí y lo que estoy trabajando lo pienso más bien como un momento, un ciclo dentro de esa búsqueda inagotable entre ‘voz’ y ‘territorio’.” Por otro lado, hay algo anacrónico o extemporáneo en el mundo que el escritor viene encastrando, y que es una decisión que excede la simple cuestión del estilo literario. Es como si, al igual que Vandermann, que al volver caminando de noche por el pueblo y apoyar sus dedos contra una pared puede sentir el calor acumulado durante el día que los ladrillos todavía desprenden, la literatura de Ronsino parece requerir de cierto delay temporal para poder palpar y delimitar los focos de sentido. “Hay algo del presente que me genera vértigo. La presencia constante de la imagen, la acumulación del dato. Eso que pasa en el presente, en el ‘ahora’, me anula la posibilidad de narrar. Al tiempo de la narración lo encuentro cuando doy unos cuantos pasos atrás para poder anclar las historias. El presente aparece un tanto diferido. Pero está. Me interesa pensarlo con cierta perspectiva.”

Matías Capelli

Eterna cadencia. 94 páginas.

PUBLICADO EN AGOSTO DE 2009



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