Leonardo Valencia / Kazbek

23Feb10

Kazbek es uno de esos libros que en una primera lectura parecen monolíticos y cercan su propia ambición. La primera lectura exige una embestida. Hay que familiarizarse con un universo que no se parece a ningún otro. Un universo que es más bien la estilización de la obsesión íntima del escritor. En una relectura aparece, en cambio, un composición aleatoria, una suerte de montaje en donde página a página el escritor, como su personaje –alguien que lucha por escribir, como si fuera cuestión de vida o muerte–, doblega “las fuerzas del azar”. La novela quizás gane volumen y profundidad en la relectura: pasa a ser un ensayo púdico sobre las posibilidades del arte y el yugo del escritor. Importa menos el personaje que el asunto: los procesos detectivescos –salvajes, como en Bolaño, o sibilinos como en Valencia– de todo artista para salvar de la inercia a la obra en ciernes.

Para que lo anhelado, lo poetizado –el “Libro de pequeño formato”–, llegue al papel, Kazbek debe reencontrarse con un viejo conocido, Dacal, objeto de devoción literaria en sus años de juventud limeños; debe conquistar a Isa, la mujer-isla –en esto es mítico el relato de Valencia–; y además debe sincronizarse con el trabajo del señor Peer, la contracara de Kazbek: un exiliado europeo en Ecuador. Los dibujos de Peer, insectos destinados a iluminar el “Libro de Pequeño Formato”, inspiran la poética minuciosa de la narración. Hay aquí un pacto creativo y efectivo entre el artista y el escritor. En ese acuerdo se ajusta la posibilidad de narrar. Una suerte de disciplina meditada que unifica cualidades walserianas: imagen caligráfica –insecto– y escritura deliberadamente monocromática.

Así como bajo un microscopio en un insecto se revelaría una naturaleza exponenciada, una suma demencial de matices y partes, en la novela de Leonardo Valencia, bajo una relectura, se descubren infinidad de posibles relatos. Brazos finos, vertientes y líneas de fuga, ramificaciones tentaculares como las que exhiben las ilustraciones de Peter Mussfeldt que acompañan la novela de Valencia. Lo llamativo y lo meritorio es la resignación vital del autor: su digresión es sintética, como en un tratado, y no expansiva y banal, como en buena parte de la literatura contemporánea.

Entre el Libro de pequeño formato y la Gran novela, Valencia juega –y he aquí un tercer modo de leer la novela– a falsear el relato autobiográfico. La posibilidad de asociar a Peter Mussfeldt con Peer, a Leonardo Valencia con Kazbek, sobrevuela la primera lectura. Sin embargo no sabemos si Kazbek efectivamente llegó al libro de pequeño formato, si alcanza a Isa –aunque llega a la “cita”. Eso es lo de menos, porque todo indica que, entre una primera y una segunda lectura, el libro que llega a nosotros cumple con muchas características de un Libro de Pequeño Formato: “un libro corto que parece no agotarse nunca; un libro que puede perderse porque no se lo olvidará; un libro que el lector no tenía previsto encontrar; un libro que el lector no sabe ni quiere resumir sin que se subvierta y destruya su contenido”. Ahí, en un juego de cajas chinas, está encerrada la historia personal de la escritura. Y las limitaciones del crítico: intentar llegar a la última caja y abrirla –robándole el privilegio al lector– equivale a destruir el secreto de Kazbek.

Oliverio Coelho

Eterna cadencia. 128 páginas. Con ilustraciones de Peter Mussfeldt.

PUBLICADO EN JULIO DE 2009



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