Fabio Morábito / La lenta furia & Emilio, los chistes y la muerte

02Mar10

Hasta el día de hoy, para muchos lectores argentinos, Fabio Morábito no era conocido más que como poeta. Nacido en Alejandría, Egipto, en 1955, pasó su infancia en Milán antes de emigrar con sus padres italianos a México. Desde hace tiempo, sin embargo, publica cada tres o cuatro años una colección de cuentos que, en principio, sorprende por su aritmética y su unidad estética. Caja de herramientas (1989), una miscelánea de relatos inclasificables, incluye la atención y la lucidez del ensayista, el oído del poeta y la dosificada histeria del cuentista. Grieta de fatiga (2006) es quizás el libro de relatos más deslumbrante de Morábito. En él están desplegadas todas las variantes de su universo. Y también está la fórmula de un estilo: cierta percepción psicológica en la que todo es duda y temblor, y donde las intuiciones afectivas de personajes que se deslizan en un orden extraño producen una puesta en abismo de la vida.

La lenta furia, editado recientemente por Eterna Cadencia, es el primer libro de cuentos de Morábito, y no por eso es menos conciso que Grieta de fatiga. Originalmente publicado en 1989, en este libro singulariza al máximo las anécdotas –“El huidor”, “Las madres”–, a partir de personajes que cumplen un destino anómalo y, de algún modo, cíclico, como si en ese mismo destino fundaran una identidad. A menudo, en la proliferación argumental el trazo laberíntico obedece a un orden subterráneo que roza lo fantástico. “Los Vetriccioli” es un ejemplo cabal de esta ecuación. Este último, quizás el cuento más kafkiano del libro, concentra en sí una biblioteca de Babel invertida. Un clan inveterado de traductores, agrupados en una enorme casa, obran en el anonimato, como conspiradores, volcando al castellano textos de cualquier lengua existente. Tanto “El tapir” como “De caza”, podrían ser relatos de iniciación. En el primero un joven que pasa unas vacaciones en una verdulería propicia un desencuentro amoroso. En el segundo, el protagonista, también joven, se las arregla para generar un desencuentro de otro tipo. En ambos, la envidia más pedestre posibilita una experiencia ingenua –que podríamos clasificar dentro de las acepciones del mal– que marca el principio de la madurez. En el otro extremo, el relato “La perra” muestra a una pareja que, por pura mezquindad, desea poner a prueba a su empleada doméstica y doblegar su voluntad. Estas mutaciones domésticas no dejan de remitir a algunas atmósferas de Silvina Ocampo, aunque en Morábito lo siniestro se diluye la mayoría de las veces en un humor sutil.

El despliegue de las anécdotas podría preanunciar lugares comunes si detrás no hubiera un escritor intuitivo que busca la máxima precisión. Sin la nitidez poética y el humor solapado, estos relatos de Morábito serían deudores de Borges y, sobre todo, de Italo Calvino. Sin embargo Morábito concibe un trayecto diagonal, conjura ese fantasma bífido –centro de la tradición libresca más fina del siglo XX, que ha dado una escuela desencantada de imitadores–: bajo una rigurosa métrica introduce una geografía bien latinoamericana, invierte sutilezas y matices del castellano de México, y siempre, en los finales, produce un retorno fatal de la realidad sobre personajes enormes en su destino.

En Emilio, los chistes y la muerte, la primera e invicta novela de Morábito, la geografía sagrada de un cementerio se transforma en el ámbito imantado de la infancia. Al igual que en “El tapir” o “De caza”, Morábito deposita en la juventud un pequeño universo sobrenatural. A ese cementerio, durante unas vacaciones –que como todo tiempo muerto, multiplica las sensaciones y el desasosiego–, asiste Emilio, un joven de doce años, con su detector de chistes, en busca de su nombre. Allí se despliega una de las historias más conmovedoras que ha dado la literatura latinoamericana más reciente: sucesivos e inofensivos triángulos amorosos que arma Emilio en su mente y en los que, curiosamente, se incluye. Ese es su don: anticiparse al amor, traerlo de la lejanía a pesar del presente continuo de la infancia. En el cementerio, nuestro joven protagonista parece a la vez cultivar su identidad, memorizando los nombres de las lápidas y jugando a ser hombre frente a la misteriosa Eurídice, que a la misma hora y el mismo día, deposita margaritas en el nicho de su hijo muerto y de poco induce en el protagonista un sustituto: un niño hombre.

Puede sospecharse que en Morábito el oficio cumplido de cuentista preparó la sensibilidad privilegiada del novelista. El trabajo con las texturas sentimentales de la juventud, la amistad y el despertar del deseo amoroso tienen una ilustre genealogía: Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil y Tonio Kröger de Thomas Mann. La primera novela de Morábito quizás esté destinada a entrar a ese exclusivo panteón de novelas que exploran el momento imperceptible y crucial en el que en un joven la relación entre las palabras y el deseo se transforma en conflicto de vida.

Oliverio Coelho

(Eterna Cadencia) 110 páginas.

(Anagrama) 168 páginas.

PUBLICADO EN JUNIO DE 2009



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