Tobias Wolff / Aquí empieza nuestra historia

10Mar10

El problema es el sueño. Los Estados Unidos no son, de ningún modo, la tierra de la libertad, sino todo lo contrario: es ese país inabarcable, cuna de almas solitarias, donde parece imposible vivir en la medianía sin sentirse un fracasado. Demasiadas películas, demasiados libros, un mito que reverbera y reverbera. Al final: lo que pudo ser y, casi nunca, es. El american dream, ese peso abrumador que parecen cargar infinitos personajes de su literatura acaso como un modo de drenar las culpas de un país entero, o de su pesadilla modélica. Los autores norteamericanos cargan lógicamente con esa mochila (pregúntenle a Kerouac), y con otra, no menos insoportable: la de su linaje. Ambas se retroalimentan para producir un efecto devastador. Sentados a la mesa de Melville, Twain, London, Faulkner y tantos otros, demasiados escritores alcanzan cierto grado de solidez sin que se les escape, en miles y miles de horas de trabajo, un solo rasgo de genialidad. Tobias Wolff es uno de ellos, o al menos eso demuestra en estos cuentos reunidos: aunque técnicamente resultan irreprochables, siempre les falta cinco para el relato perfecto, ese que se hace evidente en su singularidad porque no podríamos imaginarlo de otro modo. Posee una virtud inusual, sin embargo: jamás patina. Ninguno de los cuentos del libro parece estar ahí porque había que hacer número, y eso no deja de ser un mérito.

Esa suerte de corrección estética lo convierte en un hermano menor del nunca del todo reconocido Richard Yates, tanto por el imaginario que recrea como por la atmósfera tristona y mediocre en que se mueven –por decirlo de algún modo– sus personajes. En la medida en que sus deseos no sean muy ambiciosos, nos dice una y otra vez, el fracaso no dolerá tanto. Pero a pesar de ellos mismos, sueñan. En muchos pasajes, también, la prosa de Wolff –o de esta versión traducida– recuerda a la de Lorrie Moore, aunque carece de su picardía. Y en sus mejores momentos –“El mentiroso” o “El hermano rico”– amenaza con volverse tan agudo como la canadiense Alice Munro, cosa que por supuesto no sucede. Pero no es su culpa: ella es terriblemente buena, y tiene la suerte de cargar con un peso, o una tradición, mucho más ligera.

José María Brindisi

Alfaguara. 466 páginas. Traducción de Mariano Antolín Rato.



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