J. M. G. Le Clézio / La música del hambre

06Abr10

Suele hablarse, en el caso de Le Clézio, de dos etapas: una temprana y experimental, y luego otra en la que su escritura se muestra absolutamente cristalina. Dado que esta última atraviesa ya más de tres décadas, habrá que situarlo tal vez en ella como el espacio en que ha elegido desplegar su literatura. O si se quiere, su búsqueda, porque Le Clézio es, a su modo tan poco demagógico, un humanista. Pero antes que nada conviene revisar la presunta sencillez o literalidad de sus textos, que a lo sumo es sólo superficial. En efecto, a medida que uno se adentra comprende que la experiencia a la que nos arrastra como lectores no será fácil; su terreno favorito es la duda, o la profundidad. A medida que los sucesos se desarrollan, la naturalidad con que son expuestos obliga a interrogarnos una y otra vez, sin indulgencia. La historia que aquí narra es, sí, en principio simple: la adolescente Ethel –retrato de su propia madre–de a poco entra al mundo de los adultos, pero con la brutalidad que impone la Segunda Guerra y, peor aun, la violencia y el odio cotidiano que la precedieron. “Tenía dieciocho años. Nada había vivido, nada había conocido y, sin embargo, era la que sabía todo, la que comprendía todo, y Alexandre y Justine parecían niños. Los niños son sus padres; ella ha dejado de serlo hace tiempo. Y en esa madurez precipitada, como en todo largo viaje, Ethel se va deshaciendo del lastre. Claro que los desprendimientos son dolorosos, y cuando intenta regresar al principio descubre –o confirma– que ya nada ocupa el mismo sitio, ya nada significa lo mismo, casi nada ni nadie es necesario.

Aunque el estilo y el tono se asemejen a novelas como El pez dorado, lo cierto es que progresivamente La música del hambre se convierte en algo muy distinto, más próxima al espíritu introspectivo y sombrío de El africano (homenaje al padre): como si a punto de entrar en la vejez Le Clézio hubiese decidido no abandonar la esperanza en lo humano pero, acaso, hacer un balance, desprenderse también él del lastre, ahuyentar fantasmas. O en otros términos: llamar a las cosas por su nombre.

José María Brindisi

Adriana Hidalgo. 238 páginas. Traducción de Juana Bignozzi.

PUBLICADO EN JUNIO DE 2009



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