Martín Kohan / Cuentas pendientes y Los cautivos

14Abr10

Lo sabe cualquier lector memorioso de esta revista: Martín Kohan puede ser muy gracioso. No es que pretenda hacer chistes, pero a partir de observaciones de detalles cotidianos, la puesta en evidencia de los malos entendidos, los juegos de palabras, como hizo durante tantos años en su columna Correo argentino, suele terminar dibujando una sonrisa indeleble en el lector. El crítico agudo y riguroso, el profesor universitario, el lector de Benjamin y Adorno, el novelista galardonado que reescribió varios episodios de la historia argentina –sí, claro. Pero cuando a la prosa de Kohan se le sale la chaveta, no hay con qué darle: hace desternillar de risa.

Aunque en muchos de sus libros haya ramalazos de humor dispersos aquí y allá, cualquier lector memorioso de la obra de Kohan seguramente recuerde a Los cautivos (2000) como una novela extremadamente divertida, de cabo a rabo. Y para aquellos que no la leyeron, una buena noticia: acaba de ser reeditada en formato de bolsillo. Los cautivos trenzaba dos historias –la de un grupo de gauchos que rodeaba una casa en la que había un escritor y la travesía de una mujer viajera– y daba con una parodia pampeana desatada en diálogo irreverente con los dos textos seminales de Esteban Echeverría: El matadero y La cautiva.

Después fue el turno de la última dictadura (Dos veces junio), de la tensión entre la alta y la baja cultura (Segundos afuera), la teoría revolucionaria marxista (Museo de la revolución), y otra vez la dictadura en Ciencias morales. Ganadora del premio Herralde 2007 (por estos días está siendo llevada al cine por Diego Lerman), Ciencias morales es tal vez la novela de Kohan en la que el humor brilla por su ausencia, más que ninguna otra. Un brillo gris y gélido recubría los pasillos del Colegio Nacional Buenos Aires en los estertores de la última dictadura, a principios de los ochenta, por donde deambulaban alumnos, profesores y preceptores. La novela era a su vez un retrato de la percepción de su protagonista, una preceptora que en su medianía apocada encarnaba una de las últimas terminaciones nerviosas del aparato represivo. Con materiales a priori similares (un personaje gris que estuvo implicado de algún modo, en su momento, con la dictadura), en Cuentas pendientes, contra todo lo esperado, Kohan vuelve a desplegar su faceta más jocosa.

Giménez tiene unos ochenta años, o al menos eso nos cuenta el narrador. Vive solo en un departamento en planta baja desde que hace unos años se separó de Elvira, su mujer de toda la vida. Pero Elvira sigue viviendo en el mismo edificio, algunos pisos más arriba, y noche por medio baja y le toca el timbre para hacerle a Giménez la vida imposible. Elvira “ya no es capaz de proferir otra cosa que el historial condensado, pero exhaustivo, de los errores y los fracasos de Giménez en la vida”. Giménez, jubilado del barrio de Belgrano, suma algunos pesos extra haciendo unas changuitas para Vilanova, un militar retirado que se dedica al negocio de los usados y las autopartes. A Vilanova también lo conoce de toda la vida, de hecho en su momento, a fines de los setenta, le “facilitó” a Giménez una hija de origen incierto, Isabel, que con Elvira criaron como propia, siempre ocultándole su verdadera identidad. Queda claro después de cada uno de los encuentros en un bar que el tipo de servidumbre que Giménez entabla con Vilanova es de algún modo similar a la que entabló buena parte de la clase media que colaboró o miró para otro lado durante el Proceso. Sin embargo, eso se explica más por el hecho de que la clase media (cuanto más “media”, mejor) suela ser la caja de resonancia predilecta de Kohan, que por el afán alegórico de Cuentas pendientes, que es casi inexistente.

Todo lleva a pensar la novela, hasta la página ciento veinte, como un retrato descarnado y sarcástico de los días de Giménez. Cómo se gasta esos pesitos de más que junta en una puta casi tan vieja como él, cómo elude al dueño del departamento hace meses para no pagarle el alquiler, cómo escatima cada peso que tiene antes de gastarlo, sus mezquindades, los achaques físicos de la vejez, todo retratado con humor y sordidez. Parece que viene por ahí el planteo, pero no. Así como Kohan no intenta contar chistes pero sin embargo a veces resulta muy divertido, sus novelas no apuestan por la anécdota, aunque cada vez se muestre como un narrador más afilado. Y cuando el lector empieza a preguntarse si efectivamente Giménez tiene ochenta años o menos, a preguntarse dónde quiere llegar el narrador con todo esto, si no está desplegando una crueldad extrema con sus criaturas, si no se pasó de la raya, Kohan hace un juego de manos, un malabarismo. Y esa autoconsciencia literaria, que está siempre presente en sus novelas de algún modo u otro, en Cuentas pendientes se fragua narrativamente mediante un leve y progresivo cambio del punto de vista. Así, la voz narrativa pasa de una tercera persona omnisciente a una primera atribulada. Una y después otra vuelta de tuerca hacen que las cosas ya no sean lo que parecían, y en ese mismo movimiento marcan una toma de partido de Kohan por el lugar de la ficción y, en última instancia, de la literatura toda.

Matías Capelli

Anagrama. 184 páginas.

Debolsillo. 174 páginas.



One Response to “Martín Kohan / Cuentas pendientes y Los cautivos”


  1. 1 Libro del día: Cuentas pendientes de Martín Kohan « Fedro

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