Clarice Lispector / Descubrimientos

02Jun10

Clarice Lispector murió el 9 de diciembre de 1977; un día antes, supuestamente, de cumplir cincuenta y siete años. En última instancia, más allá de la coquetería o el pudor, la falta de certeza sobre su fecha de nacimiento –¿1920, 1921 ó 1926, 1927, como solía deslizar ella?–, allá en Ucrania, no hace otra cosa que poner en evidencia el carácter de la vida y la obra de una mujer que fue muchas cosas, pero sobre todo una: un inmenso misterio. Un misterio al que la misma Lispector decidió combatir, en especial durante sus últimos años, pero sólo luego de haberlo alimentado, en parte adrede y en parte sin buscarlo, a través de su literatura y, sobre todo, de su personaje. Este segundo volumen de las crónicas que escribió para el Jornal do Brasil durante seis años –de 1967 a 1973– revela, por decirlo de algún modo, lo que sucede siempre con los grandes misterios: a medida que avanzamos, que más creemos saber, más inasibles nos resultan. No debería parecer extraño, si hacemos caso de la propia Lispector, cuando en más de una ocasión se refirió a sus textos en primera persona como a una máscara, un modo de ocultarse. Y sin embargo, está la posibilidad de no creerle; porque estas páginas, a veces tan descarnadas y transparentes, se convierten con frecuencia en el lugar de la confesión, en el lugar de la esperanza o del ruego, y asimismo en el paradójico ámbito que eligió para guardar más de un secreto.

Como sucede con sus ficciones, novelas y relatos, tampoco en las crónicas estamos seguros de qué es eso que estamos leyendo. Habría que detenerse, antes que nada, a revisar esa misma división, porque muchas veces se trata evidentemente de relatos, incluso hay espacio para una pequeña nouvelle por entregas a la que le dedica un mes entero (agosto del 69). Ni ella aparenta tenerlo claro. O sí: era su espacio, un sitio privilegiado para dialogar consigo misma, que acaso tomaba diferentes formas a partir de sus necesidades, y más allá, de sus estados de ánimo. Porque Clarice Lispector fue alguien que vivió, en lo sentimental, oscilando de un extremo a otro, a menudo como si hiciera un esfuerzo desesperado por mantener el control. Una mujer de emociones fuertes; en sus propias palabras, “colérica y feroz”. Pero también tremendamente vulnerable, frágil, incluso dependiente de la opinión de los otros hasta rozar la puerilidad.

Ahí es donde este volumen se transforma en una suerte de diario, una radiografía de sus deseos y tribulaciones donde hay lugar para hacerse reproches (“quien es autodestructivo también destruye a los otros. Estoy hiriendo a mucha gente”); para la autocompasión (“Estoy cayendo en una tristeza sin dolor”); para la grandilocuencia a veces vulgar (“me sentí la madre de Dios, que era la tierra, el mundo”). Ahí donde hay revelaciones que no pueden compartirse (“Vi una cosa. Una cosa en realidad. (…) No voy a describirla: es mía); donde comprende con profundidad el destino trágico de los hombres (“¿Entonces un hombre no puede simplemente abrir una puerta y mirar?”); donde se cuelan las promesas íntimas, de la mano de la automitificación o la jactancia (“Volveré después a Río y, toda renovada, recomenzaré mi lucha diaria y sin gloria y enigmática”). Donde todo el tiempo, al fin, hay una tensión polarizada, ciclotímica: el desencanto versus el entusiasmo súbito, irrefrenable.

Más de una vez, cuando le reprochaban que volcara su intimidad de ese modo en las páginas de un periódico, ella contestaba –en un gesto de defensa conmovedoramente infantil– que jamás había desnudado uno solo de sus sentimientos verdaderos. “Incluso soy una persona muy secreta”. En parte tenía razón. Su hijo le insistía con frecuencia, sin embargo. “¿Por qué no escribes sobre el vietcong?”. “Me sentí pequeña y humilde”, anota, y es cierto que lo político rara vez emerge en sus crónicas, algo sin duda extraño en tiempos de una efervescencia insoslayable. Tal vez haya que buscar, una vez más, en su propia biografía; los muchos años vividos en el exterior, como esposa de un diplomático: la felicidad de ver crecer a sus hijos, sí, pero la infelicidad cotidiana de estar alejada de Brasil y de postergar indefinidamente la escritura.

Pero no es la vanidad, apurémonos a decir, lo que la obliga a retornar siempre a sí misma. Más bien hay un “yo” descomunal, una conciencia que todo lo atraviesa. Lispector es uno de los ejemplos más acabados de que narrar es, en esencia, subjetivizar, singularizar. La lectura parcial de sus crónicas, en este sentido, podría confundirnos; porque es el mismo procedimiento que se da en sus ficciones, ese modo de atrapar o incluso intuir los hechos y llevarlos al terreno de la sugestión, de lo introspectivo, de la inquietud. El mundo de sus personajes suele estar a punto de derrumbarse, en principio, sólo porque ellos así lo perciben. Aunque no abundan las referencias a otros escritores contemporáneos, de vez en cuando ocupan un lugar significativo. La escueta referencia a la muerte de Guimarães Rosa, por ejemplo, resulta más dolorosa por su brevedad: como si las lágrimas estuviesen ahí, tocando a la puerta. Y uno de los momentos más jugosos del libro es la entrevista a Neruda, que bien podría sintetizarse en este simple intercambio. “Diga algo que me sorprenda”, lo provoca ella. “748”, responde el poeta, con la suficiencia del consagrado. Lispector no lo era: tal vez sí su obra, pero su corazón parecía insaciable. El corazón de una mujer que todo el tiempo se hacía preguntas, que muchas veces ni siquiera la dejaban dormir. Preguntas para las que no tenía respuestas. Por suerte.

José María Brindisi

Adriana Hidalgo. 296 páginas. Traducción de Claudia Solans.



One Response to “Clarice Lispector / Descubrimientos”

  1. 1 Mar Coro

    POR EL COMENTARIO ES UNA TENTACIÓN PARA CUALQUIER LECTOR, NUEVAMENTE ESTAMOS FRENTE A ALGUIEN CUYA OBRA Y VIDA ESTÁN EN CONSONANCIA. ¿A QUIÉN NO SEDUCE EL MISTERIO? ¿QUIÉN NO SE SIENTE ATRAÍDO POR EL VÉRTIGO QUE SUPONE OSCILAR ENTRE LO COLÉRICO Y FEROZ Y LA FRAGILIDAD MÁS EXTREMA? Y PODEMOS SEGUIR HACIÉNDONOS PREGUNTAS QUE COMO BIEN AQUI REMARCA J. M. B. POR SUERTE NO TENEMOS RESPUESTAS… UN PLACER PARA QUIEN DESEE SUMERGIRSE EN LOS TEXTOS DE UNA MUJER INSACIABLE.


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