Enrique Vila-Matas / Dublinesca

18Jun10

Cuenta Vila-Matas que el germen inicial de Dublinesca tuvo que ver con Spider, la película de David Cronenberg. Mejor dicho, con un cuento corto que el autor de El mal de Montano escribió acerca de un hombre solitario que mientras veía esa película terminaba enmarañado en sus propias redes mentales. De a poco, el relato se fue expandiendo hasta cobrar un aliento más largo. Tiempo después, Dominique González-Foerster, una amiga artista de Vila-Matas, realizó una instalación en la Tate Gallery de Londres a cuya inauguración el escritor fue invitado. ¿El tema? El fin del mundo en 2054. Hace años que llueve, una suerte de diluvio universal se ciñe sobre la Tierra, y junto a las camas de los refugiados hay libros de Roberto Bolaño, de W. G. Sebald, de Claudio Magris, de Borges y del propio catalán (no, la muestra no estaba auspiciada por Anagrama). Entre otras cosas, en Dublinesca se habla de Spider, de la exposición de González-Foerster y hasta llueve todo el tiempo, sin contar también que su protagonista, Samuel Riba, un editor retirado, hace unos años dejó el alcohol y comenzó una suerte de vida nueva (al igual que Vila-Matas). A esta altura, ya es casi una marca de estilo el modo en que el agua de lo real y la experiencia, la propia biografía, se filtra en las paredes de sus libros. Y a su vez, el modo en que el proceso de escritura termina llevando al autor de carne y hueso hacia lugares o experiencias a priori insospechadas. “Como siempre, empiezo escribiendo sin saber de qué va, hasta que una línea me conduce hacia lo inesperado… Venía escribiendo a ciegas, a tientas, y hacia los cincuenta folios se me ocurre que tal vez Riba pueda ir a Dublín y que eso sea una salida, ya que yo también tenía que ir a Dublín por esos días. Pensé que ahí tal vez iba a encontrar algo que me permitiera saber qué le pasaba al personaje. Y en el cementerio de Dublín me cruzo con alguien parecido al joven Beckett y acto seguido pienso en el desconocido del Ulises, de Joyce, que aparece en el cementerio en el sexto capítulo.

Riba es un editor retirado en el ocaso de su vida, sin demasiadas obligaciones, que con el tiempo se volvió adicto a Internet y a su computadora. Vive con su mujer, no tiene hijos, todos los miércoles va a visitar a sus padres ancianos, se ha quedado casi sin amigos y arrastra algunas frustraciones de la época en la que capitaneaba su editorial (y no, a diferencia de lo que muchos pudieron sospechar de entrada, Riba no tiene demasiado de Jorge Herralde, editor de toda la vida del escritor catalán, con el que hace un par de años rompió relaciones profesionales). “Estoy convencido de que es mi mejor personaje”, dice el escritor, a quien se le ha criticado más de una vez que sus triquiñuelas conceptuales, sus puestas en abismo y su preocupación por la construcción de una voz narrativa terminen yendo en desmedro del relieve de sus personajes y de la acción dramática. Tal vez tenga que ver con el hecho de que, a diferencia de la mayoría de sus novelas, ésta esté escrita en tercera persona. Como si Riba, al ser editor, pudiera tener amigos escritores y hasta una mirada “literaria” que impregna su percepción, pero no escribirse o narrarse a sí mismo.

Volviendo a la muestra de González-Foerster, no es casual la enumeración de autores incluidos. Salvando las distancias y las particularidades de cada caso, tanto Sebald, Bolaño, Magris, como incluso el propio Borges, comparten con Vila-Matas la fascinación por ciertas operaciones que, a falta de un término más preciso, se suele calificar de “metaliterarias”. Aunque en el caso del autor de Dublinesca, más que de hazañas intelectuales se trate de un proceso más orgánico, fisiológico: el modo en que la literatura es metabolizada por un lector deslumbrante que escribe y que incluso en los momentos más sombríos nunca resigna del todo el tono picaresco y burlón. “Trabajo como un pintor, que quizás una vez terminado el cuadro, vuelve sobre un fragmento. El tono paródico apareció al final, y después trabajé para que estuviera presente desde el principio. Nadie en sus serios cabales puede conducir a sus amigos a celebrar un funeral por la era de la imprenta (risas). Era importante que este Quijote que protagoniza mi novela tuviera unos Sanchos alrededor, y que todo estuviera impregnado por un tono paródico de fin del mundo. El homenaje tenía que estar tocado por el humor, la ironía y la parodia.

Tras un sueño premonitorio, la peregrinación a Irlanda se le impone a Riba, entonces, como un punto de fuga, con Beckett y Joyce como santos patronos. Así, organiza un viaje con tres amigos escritores, aunque sin confesarles sus verdaderos planes por miedo a que lo tomen por loco. El objetivo oculto es acudir al Bloomsday, una celebración que tiene lugar en Dublín cada 16 de junio (el día en que transcurre el Ulises) y una vez allí, celebrar un funeral por la era de la imprenta, que entró hace años en una larga agonía acechada por la revolución digital. ¿Es acaso con el mismo humor con el que Vila-Matas vive este fin de época, o en él cobra cuerpo un ánimo más sombrío o apesadumbrado? “¿Apesadumbrado? Para nada: desde que llegó el ordenador a mi casa hace diez años me incorporé a esto y sólo ha traído ventajas, en principio. Es evidente que vamos hacia una etapa en que convivirá la imprenta y lo digital”. En ese sentido, es notable una escena en la que Riba está leyendo una traducción del libro de relatos de Joyce Dublineses, y al tener que buscar un dato sobre un puente de la capital irlandesa, salta en un ida y vuelta entre la biblioteca y Google que es sin duda signo de los tiempos. “A mí, más que lo de Google o lo de Gutemberg, el futuro de la edición o el libro digital, lo que me interesaba era el hombre, el personaje. Ese tipo que encontramos en Joseph Roth, por ejemplo, y que personaliza en sí mismo la caída del imperio Austro-Húngaro. O bien el Gatopardo, de Lampedusa. Este tipo de hombres fin de raza; que en el caso de Riba personaliza el fin de una etapa gloriosa de la literatura, que seguramente ya no volverá, y que tuvo entre sus cumbres al Ulises.

Matías Capelli

Seix Barral. 328 páginas.



One Response to “Enrique Vila-Matas / Dublinesca”

  1. 1 marta farreras

    uno de los mejores comentarios que he leido de este libro


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