Daniel Alarcón / Radio Ciudad Perdida

03Jul10

Los datos biográficos de la solapa suelen ser aquello que quien escribió un libro quiere que se sepa de sí. En los de su primera novela, Radio Ciudad Perdida, Daniel Alarcón nos cuenta que nació en Lima, Perú, y se crió en los Estados Unidos, y que entre varias becas y otros pergaminos, está considerado, a los treinta años, como uno de los “mejores novelistas jóvenes estadounidenses por la revista Granta”, y, al mismo tiempo, y esto es lo que verdaderamente llama la atención, uno de los mejores jóvenes escritores latinoamericanos, según Bogotá 39 ¿Cómo es posible? ¿Nos encontramos, acaso, frente a un prodigio literario, la versión andina de Beckett, Conrad, Nabokov, o, sin ir tan alto, Milan Kundera? ¿Escribe Alarcón a los treinta años con una mano en la lengua de Cervantes y, con la otra, en la de Shakespeare? ¿O es que, por el contrario, estamos frente al anunciado fin de las literaturas nacionales, el borroneo de las fronteras lingüísticas? ¿O no será que, acaso, probablemente, se pasaron un poco de rosca con el inflador del marketing y explotó el globo? Paradojas y sarcasmos al margen, Alarcón pertenece a una generación nacida en los setenta en América Latina que emigraron a los Estados Unidos de chicos, y que adoptaron como lengua literaria el inglés, tal como el dominicano Junot Díaz, otro incluido en la lista de Bogotá. “Mi idioma literario, sin ninguna duda, es el inglés. De vez en cuando me toca escribir en español un ensayo, una nota breve, una reseña, pero tiene que ser algo corto. Tengo menos herramientas, menos fluidez. Y obviamente cuando uno se enfrenta a la tarea de escribir una novela, quiere tener todas las armas a su disposición. Cuando empecé a escribir mi español era muy malo, muy pobre. No tenía las mismas posibilidades… El escritor promedio de América Latina, de mi edad, ha leído mucho más que yo, en español. Sí colaboro con la traducción. Cuando me traducen al griego no tengo ningún vínculo emotivo, pero el español es el idioma que converso con mis padres, con algunos amigos. Siento que tengo el deber y la responsabilidad de que quede lo mejor posible. Y creo que salió bien. Si no te gustó en español, tampoco te hubiera gustado en inglés,” dice Alarcón, quien pasó por Buenos Aires el mes pasado como invitado del Festival Internacional de Literatura y aprovechó el viaje para presentar su primer libro editado en la Argentina.

Dejando de lado la abismal diferencia entre publicar en el mercado de una lengua que de la otra, lo único cuestionable es que algunos o ellos mismos pretendan inscribirse en la tradición literaria latinoamericana. Es casi como considerar a Hanif Kureishi o a Salman Rushdie o a Jhumpa Lahiri como escritores “orientales” o “asiáticos”. En todo caso, sus libros aportan un sabor particular al vasto espectro de la literatura en inglés, una tonalidad que es en algún punto casi como de las comidas étnicas, ficciones condimentadas con especias exóticas, aunque magistralmente manufacturadas. Y que por lo tanto son más interesantes para ser leídas desde el inglés, como una mutación de la tradición anglosajona. Porque en última instancia, que Alarcón sea visto como la nueva promesa de la literatura peruana o latinoamericana, está más cerca de ese orgullo absurdo que sienten algunos cuando alguna celebridad del deporte o la cultura resulta ser hijo de argentinos. Pero aún dentro de estas mismas coordenadas, los recorridos son diversos. Junot Díaz, por ejemplo, tanto en su libro de cuentos Los boys como en su novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao, logra poner en escena los efectos de la transmigración, el ir y venir entre el Caribe y Nueva York, la hibridación lingüística incluso al nivel de la frase, y el trágico destino latinoamericano y particularmente el de la República Dominicana durante y después de la dictadura de Trujillo, pero todo cargado de humor y delirio. Mientras tanto, Alarcón pareciera moldear sus ficciones a partir del momento de mayor violencia de la historia reciente de Perú, como fue el enfrentamiento entre grupos guerrilleros, el gobierno y los paramilitares en los ochenta y que dejó un saldo de setenta mil muertos, pero con mucha mayor solemnidad, llegando incluso, en Radio Ciudad Perdida, a alcanzar visos de fábula saramagueana.

La novela trascurre en un país latinoamericano sin nombre, diez años después de haber finalizado una guerra que lo dejó sumido en el caos y la pobreza, con multitudes desplazadas. Un país que bien podría ser latinoamericano, como africano o incluso del Medio Oriente, una historia de elementos intercambiables, sin marcas ni demasiadas particularidades. Alarcón: “El hecho de no nombrar al país fue porque me permitía conservar cierta libertad. No fue para universalizar el texto, si no para darme a mí el gusto de poder inventármelo. No quería sentirme encasillado por los hechos o la historia peruana reciente. Para mí es siempre más interesante inventármelo. Entiendo que desde los Estados Unidos pueda ser leída como una fábula latinoamericana que puede entender que todos los países fueran iguales. Es tan absurdo y penoso como pensar en cuántos países podría haber pasado algo similar. Es parte de la tragedia de nuestro continente.” Norma, la protagonista, conduce un programa de radio que en la madruga se dedica a dar a conocer los nombres de personas desaparecidas o desplazadas, con el objetivo de volver a reunir familias divididas. Un día llega Víctor, un chico que viene de un pueblo en la selva con una lista de nombres entre los que Norma reconoce al de un viejo amor, Rey. “Tomé la historia de mi memoria de la posguerra en Perú y aumenté todo. Es más cruel la ciudad, más caótica, más violenta, más lenta que Lima, las atmósferas más asfixiantes, el gobierno más autoritario. Es como Lima, como en Perú, pero peor. Con colores más saturados, con detalles que le dan ese tinte de realidad paralela. Quise inventar un país que fuera más real que lo real.” A la hora de retratar el enfrentamiento armado al interior de un país, en vez de intentar complejizar sus tensiones, Alarcón se inclina por naturalizar la guerra. En el sentido más literal, o sea, considerándola una catástrofe natural, una de las tantas tragedias tercermundistas que pueden seguirse a través de la CNN. “No sé dónde escuché la frase de que ‘hablar de ganar una guerra es como hablar de ganar un huracán’. Un huracán viene, destruye todo, y no hay ganadores o perdedores. Todos pierden. Mi intención fue tomar la guerra como si fuera una catástrofe natural. Simplemente algo que estalla y muere gente y hay crímenes y hay violencia y hay matanza y hay caos y hay trauma psicológico y es simplemente parte de lo que sucedió. No se desata semejante violencia con setenta mil muertos sin que haya mucha culpa. No hay buenos y malos. Hay muchos malos, gente quizás más mala y menos mala, pero si un país sufrió tanto, mucha gente tuvo que ver ahí. En las guerras no hay blancos y negros, sino negro y muy negro.”

Matías Capelli

Alfaguara. 386 páginas.

PUBLICADO EN DICIEMBRE DE 2008



One Response to “Daniel Alarcón / Radio Ciudad Perdida”

  1. 1 Mar Coro

    NO CONOCÍA A ESTE ESCRITOR, SI VIENE PRESEDIDO POR TANTOS ELOGIOS Y COMENTARIOS POSITIVOS DEBE SER MÁS QUE INTERESANTE PERO COINSIDO CON CAPELLI QUE LE PONE DISCRESIÓN AL ASUNTO.


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