Pascal Quignard / Albucius

12Jul10

“Lo falso y los deseos a los que lo falso abre paso se protegen mejor con algo que fue verdad que con una simple intriga anacrónica remendada o tirada de los pelos”. Esta frase del primer párrafo de la “Advertencia” que precede a esta novela concisa y contundente nos indica algo del método seguido por Quignard y, tal vez, algo del sentido de la escritura narrativa tal como se practica hoy en Europa. Caius Albucius Silus, protagonista del libro, fue un autor latino de los primeros tiempos del Imperio de cuya vida y obra sólo se conocen fragmentos provenientes de unas pocas fuentes contemporáneas. Componía “declamaciones”: pequeños casos judiciales ficticios, prototipos de novelas policiales en algunos ejemplos, que se caracterizan por la abundancia de “sordes” –en el latín de la época, lo sucio–, por la paradoja moral y por la ambigüedad de las motivaciones de litigantes y litigados. Se nos presentan cincuenta y tres de estos casos, los cuales, junto con datos biográficos tomados de fuentes auténticas, escenas inventadas idénticas en textura a los datos biográficos, breves retratos de contemporáneos como César, Augusto, Horacio y Virgilio, y algunos preámbulos de tono entre poético y ensayístico que van del presente de la escritura a un tiempo anterior al tiempo, haciendo escala en Roma, componen el libro. Quignard ha pensado la estructura, el tono, la sintaxis y el vocabulario de su libro para que la deliberación se hiciera pasar, cada tanto, por azar: eso es un estilo natural, en francés, estilo del que Albucius, según el autor, sería precursor. Para intentar responder a la pregunta por el sentido que los europeos dan al relato hoy, tenemos que indicar un rasgo del personaje: la permanente añoranza. Albucius –de ahí su pretensión de universalidad– representa una clase de hombre sensible a lo fugaz y consciente de que cada segundo es invaluable. Esto es el opuesto simétrico del sujeto posmoderno, que vive en la fugacidad y cree que cada segundo es intercambiable. Quignard se sienta en el caballete formado por estas dos visiones y cuando mira hacia atrás, como Sebald y Magris, puede comprender la trivialidad de la arqueología, porque el presente contiene muchos mundos que se descubren apenas se presta un poco de atención. Siendo así, Quignard y otros podrían darnos a conocer mundos futuros. ¿Por qué no lo hacen? Tal vez porque sus mundos pasados resultan lo suficientemente nuevos.

Alejandro Rubio

El cuenco de plata. 156 páginas. Traducción de Betina Keizman.



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