Matilde Sánchez / Los daños materiales

14Jul10

Se dice que hay pocas cosas más peligrosas e imprevisibles que esas mujeres despechadas que suelen comportarse como una cañita voladora encendida pero con la varilla quebrada: puede conocerse su punto de partida pero resulta imposible calcular su trayectoria o intuir su destino, ni el daño que pueda ocasionar. Furia, rencor, dolor y habilidad verbal para la injuria: todo eso exudan las frases de la narradora de Los daños materiales, y ella es la primera en admitirlo. Sus dardos retóricos dan todos en el mismo blanco –él, Víctor– mientras que narra esa curva que va, como “estaciones de un via crucis amoroso”, de la curiosidad y la fascinación inicial que sintió por él a los sucesivos desencantos (cuando cree que ya no puede caer más bajo, el suelo vuelve a abrirse bajo sus pies). Sólo que, aunque sea ella quien cargue el peso de la cruz durante buena parte del libro, es en realidad Víctor el que va a terminar crucificado, cada capítulo, un clavo, y el epílogo como estocada final.

Ni en El dock (que comenzaba cuando la narradora reconocía a una vieja amiga en las imágenes de un grupo de guerrilleros muertos durante un suceso que tenía mucho del copamiento de La Tablada del 89), ni en esa elegía por una amiga y colega muerta que es El desperdicio, por nombrar dos de sus libros anteriores, las relaciones sentimentales hombre-mujer ocupaban un lugar predominante. Y aunque repetidas veces se diga en Los daños materiales que ésta no es una historia de amor, sino su antítesis, lo cierto es que presenta una nueva faceta en el mundo narrativo de Sánchez. ¿O no? “Es cierto. Pero al terminar de escribirla me di cuenta de algo evidente, me dije, ¡otra vez escribo sobre un duelo! Todos mis libros, creo, indagan en el duelo, la persistencia de la memoria y el proceso del olvido. Quizá vaya entonces por ahí.”

La protagonista es divorciada, madre de dos hijas, trabaja de intérprete y traductora de elite, maneja varios idiomas, vive en Palermo, cada tanto liga algún que otro viaje al extranjero, conoce de marcas de autos, de algún que otro producto premium o ingrediente sibarita, y pocas veces puede desprenderse de su celular. Una mujer profesional ABC1 con sensibilidad literaria, por esbozar un tipo social al paso. Sin embargo, al igual que ciertas zonas reconocibles de la Ciudad de Buenos Aires que aparecen en sus páginas (Palermo, Villa Crespo, un restorán en la Avenida Rivadavia, las cuadras de Warnes al fondo…), todos esos rasgos no son más que detalles, ruido de fondo para la proyección de su monomanía sentimental. Desentendida de coordenadas espaciales y temporales, ella busca vengarse y resarcirse, inflingir el mismo daño que sufrió en carne propia, ajustar cuentas. Hacer, en otras palabras, justicia por mano propia, que no es otra que la mano que escribe.

Más que en lo argumental, la cuarta novela de Matilde Sánchez basa su apuesta en una voz que cobra cuerpo. “En cuanto a la voz, quería que contuviera todos los tiempos, que fuera del pasado remoto de la conquista amorosa al pasado cercano de los daños y al presente del despecho como una especie de banda continua, para que el tiempo del trastorno de la narradora fuese muy vívido y tuviera ese efecto de actualizarse en la sensación misma, en el acto de ser contado.” Entre los logros más salientes del libro se cuentan varias escenas de alto voltaje sexual, así como ciertas imágenes y objetivaciones del daño, que titilan con lirismo propio entre la enumeración de inventario. “Todo lo vivo es sucio… Lo que hay es fisiología: el sexo es la respuesta neurológica de esos amantes a la época; es una función del cuerpo, una de las más exigentes en términos de tiempo y dedicación. En este sentido, sí me interesaba mucho poner a jugar cuerpos descarnados, su devenir maquinal y una rápida progresión a la violencia –la violencia siempre está latente en la pornografía, pese a la coreografía–, desprovistos del discurso sentimental o erótico, a pesar de que en la novela los personajes se aman intensamente. Lo que busqué es el énfasis, la alta intensidad, la palabra distanciada pero, al mismo tiempo, el rojo vivo.”

Es cierto: Los daños materiales bien podría llevar como subtítulo: “De la injuria como una de las bellas artes”, aunque resulte un tanto extenso para ser leído, como se escribe por ahí, como un libelo panfletario. Así como en algunos libros de Fernando Vallejo y Horacio Castellanos Moya, por momentos la narradora corre el riesgo de volverse monocorde y saturar; un riego que la prosa de Sánchez logra sortear por el peso específico de sus propias frases. En esta novela, modula hacia un tono más zumbón, mordaz y cáustico, y cuando agarra velocidad, logra una mezcla sin grumos entre fluidez y densidad. “Con este libro conocí lo que se llama ‘inspiración’, dictado de las musas al oído; durante meses estaba tan sintonizada que llevaba cuaderno y birome en el asiento del acompañante y anotaba ocurrencias en los semáforos en rojo. En cierta fase, y porque finalmente la escritura de una novela tiene tanto en común con la paranoia, ya podía entrar casi todo en la trama de violencia verbal, injurias que leía en algún blog, las amenazas del secretario Guillermo Moreno: ‘te van a quebrar la columna y hacerte saltar los ojos’.”

Hay, sin embargo, algo en el virtuosismo, en la facilidad de palabra de Sánchez, así como en la falta de matices y sutilezas (nunca queda claro qué la subyugó de Víctor, si hasta el sexo era malo), que se potencia por el distanciamiento irónico que recubre a lo narrado como una segunda piel mientras supuestamente se están exponiendo las cicatrices más íntimas. Es entonces ahí que el artificio queda pedaleando en el vacío. Y en última instancia, cuando el relato tiene que jugarse a ser un drama o una parodia, se queda a mitad de camino, esquiva el bulto, no termina de jugarse el pellejo. Así, más que de un tratado sentimental en la Buenos Aires actual, termina cerca de esos –en palabras de la narradora– “relatos barrocos, muy singulares y algo inverosímiles, que sólo se comparan al relato de los abducidos por naves extraterrestres”.

Matías Capelli

Alfaguara. 320 páginas.



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