Andrés Caicedo / ¡Qué viva la música!

27Jul10

El colombiano Andrés Caicedo, nacido en 1951, se suicidó a los veinticinco años, al publicarse su primera novela. Ese acto lanzó su leyenda a escala continental, pero sus libros no se conseguían en ningún lado. Ahora, Norma se propone publicar en el país su obra completa, para aquellos que queden sedientos para siempre de más Caicedo. Este volumen lleva un prólogo de uno de los infectados argentinos, Fabián Casas, quien un poco habla de la biografía de Caicedo y otro poco de la biografía suya. Es que como otros escritores de la contracultura de los 60, como Kerouac, Burroughs, Leonard Cohen, Caicedo provoca en muchos de sus lectores unas irrefrenables ansias de hablar de sí mismos: tal es su acuciante poder de interpelación, su violencia al exigir una respuesta. Una adolescente burguesa de Cali, ahora desclasada, escribe en una noche su vida. La primera proeza de esta novela consiste en la integridad de la voz de esa joven, una proeza que excede la técnica. Caicedo es de esos novelistas que quiere trasvasar su propio ser en un personaje de ficción. Para tener éxito en esto, el personaje debe ser igual al escritor, salvo por una característica esencial: clase, edad, nacionalidad, sexo. Esta tarea imaginativa, que para la mayoría requiere décadas de experiencia, Caicedo la realiza desde el inicio. La narradora habla de rock, salsa, sexo, drogas, muerte, fiestas. Las fiestas son el ámbito donde los otros temas se manifiestan o germinan. No hace falta leer a Bajtín para reconocer el significado de la fiesta: trasposición de límites, aplanamiento de las diferencias, cesación de las distancias, creación de comunidades efímeras al margen de la jerarquía social. “Esto es vida”, se dice la adolescente al entrar en el primer baile de la novela. Es literal, y por eso en este relato acelerado donde la imparable narración no deja de hacer propaganda de la alegría no hay lugar para la frivolidad: la fiesta es una cosa muy seria porque es la vida en sí, al margen de la Historia y el trabajo (sólo uno de los personajes trabaja: musicaliza celebraciones adolescentes). Es natural entonces que la burguesa pase de la casa de sus padres a la prostitución, haciendo una parada en el atraco. Caicedo sabe, como todos los participantes de la contracultura, que la vida es una energía que se consume hasta que no hay más y el trabajo es la misma energía que se acumula para la tumba o para otros. La vida de la contracultura sólo admite “la obra”, el arte, pero purgado de toda institucionalidad y duración, hasta tal punto que podemos suponer que Caicedo se mató al comprender que la edición de su novela implicaba la primera de una cadena de traiciones que terminaría institucionalizando la obra y la vida. Su puntillosa ética exigía un punto final y, después de todo, como dice la protagonista en las últimas páginas, unos pocos buenos amigos se encargan de lo demás. La ética y la estética de Caicedo, entonces, contra el trabajo y la institución, exigen estilísticamente una oralidad avasallante. Poco tiene que ver esto con lo que en la Argentina estamos acostumbrados últimamente a considerar un registro coloquial. Caicedo detesta los coloquios: en la fiesta, en la vida y en la obra, el diálogo no tiene preeminencia porque se trata de bailar. En la fiesta, ser la reina de la salsa o el rock, hacer cientos de figuras en una baldosa toda la noche; en la vida, en la calle, bailar también, ejecutar cada movimiento rutinario en forma de paso; en la obra, atiborrar la frase de verbos y de letras de canciones, estirar cada palabra de uso cotidiano hasta darle el cariz de una metáfora propiamente barroca, que apunta al mismo tiempo al más allá y al más acá, que reúne lo alto y lo bajo, la lírica y la procacidad, el ditirambo y el insulto, en un equilibrio inestable que dinamiza el estilo hasta un punto en que no se avizora el cierre que le haga justicia a tanto material tan tensamente formado. El uso intensivo del colombiano hablado, de la jerga de la droga, de un afrocubano rítmico del que no hace falta conocer el significado de todas y cada una de las palabras para apreciar el papel que juegan en el decurso del relato como índice de una materialidad centrípeta, convierten a Caicedo en un prosista en extremo local y circunstanciado; por otra parte, el ritmo consecuente del relato, las referencias a la cultura pop y la carencia de anclaje en cualquier coyuntura política lo vuelven un producto exportable más sabroso que el café y la cocaína. Caicedo es más que un escritor con oído: es un músico de la escritura. Sin que las palabras pierdan su aspecto semántico, juega con ellas como con notas, acordes, armonías. El título de la novela es justo: los episodios giran alrededor de la música y lo que vertebra la aventura de la protagonista es el paso del rock a la salsa. Dice: “el libro miente, el cine agota, quémenlos ambos, no dejen sino música”. Caicedo, escritor, cinéfilo, dramaturgo y cineasta, termina proclamando el eje de sus variadas actividades: un arte sin significado que puede significarlo todo, que no admite tabiques, se puede gozar en cualquier parte, por cualquier medio (la novela hace un repaso de los disponibles en la fecha de su escritura: recital en vivo, disco, casete, radio a transistores), capaz de impresionar indeleblemente la memoria y de acompañar todos los momentos del día. Una canción popular presta el epígrafe y la conclusión de la novela: “qué rico pero qué bajo”. Ya no es una primicia anunciar que la obra completa de Caicedo traerá cola en la Argentina. Resta sugerir que sería triste que semejante arte de narrar se diluyera en conversaciones sobre la leyenda del autor y los aspectos más espectaculares de los textos, porque si la ética y la estética de Caicedo fueran tomadas en serio, habría una ola de suicidios entre los narradores argentinos de cualquier edad. Alejandro Rubio

Norma. 206 páginas.

PUBLICADO EN OCTUBRE DE 2008



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