Juan Emar / Ayer y Diez

09Sep10

Hasta el advenimiento de Internet, y sobre todo hasta la proliferación, algunos años más tarde, de páginas y blogs dedicados a la literatura, el nombre de Juan Emar era, al menos en la Argentina, el santo y seña de una secta de lectores hiperselectos. Un nombre que aparecía de tanto en tanto –siempre con una serie de palabras a modo de satélites: “escritor de culto”, “raro”, “vanguardista”, etcétera– en boca de gente como César Aira o Héctor Libertella. Al parecer, una rara avis de la literatura chilena, a quien los poquísimos iniciados comparaban, entre otros, con Felisberto Hernández o Macedonio Fernández. Nada más y nada menos. Un escritor que en vida había publicado cuatro libros extrañísimos, y que luego, cansado del provincianismo del mundo artístico chileno de fines de la década del treinta, se había retirado aristocráticamente a su finca, en la que durante treinta años, hasta el día de su muerte, se había entregado a tejer una vastísima novela de más de cinco mil páginas, Umbral. Eso era más o menos lo que se sabía de Emar. El mito se apoyaba en una vieja edición (inconseguible, como corresponde) de un primer tomo de algo más de trescientas páginas de la misma Umbral, editado en Buenos Aires en 1977, por Ediciones Carlos Lohlé.

Hacia fines de los noventa, Google vino a cambiar las cosas. Para desgracia de los mistagogos, Juan Emar comenzó poco a poco a democratizarse; pasó a estar ahí, al alcance del ignobile vulgus, con una fórmula mágica (“Juan Emar”) que había que tipear en el rectangulito que ofrecía la pantalla. Fácil. Junto con algunos relatos –que sirvieron para ver de qué iba la cosa, si el arrobamiento era justificado o fruto del clásico esnobismo–, los hechos principales de su vida fueron accesibles finalmente para los lectores a pedal, es decir, aquellos que nunca están en el lugar preciso en el momento preciso. Los-que-llegan-tarde-a-todos-los-libros, al tiempo que efectuaban un primer acercamiento a la obra de este “Kafka chileno”, se enteraron, entre otras cosas, de que Juan Emar había nacido como Álvaro Yáñez Bianchi (Juan Emar era su nombre de pluma, originado en la expresión francesa “J’en ai marre”, que significa “Estoy harto de eso”) en Santiago de Chile, en 1893, y había muerto en 1964 en la misma ciudad; que pertenecía a una familia de la aristocracia santiaguina, que había vivido muchos años en París, donde había estudiado pintura, y que había sido amigo de Huidobro y uno de los protagonistas de la vanguardia chilena en las décadas del veinte y del treinta.

Al mismo tiempo, por esa misma época, comenzaron a aparecer nuevas ediciones de los libros de Emar. En 1996, la Biblioteca Nacional de Chile publicó el manuscrito completo de Umbral en cinco tomos. Siguieron las reediciones de las novelas Un año (1996), Miltín 1934 (1997) y Ayer (1998), publicadas originalmente en 1935. (Diez, de 1937, que había sido reeditado en 1971, se volvería a publicar en 2006.) Ávida y veloz, la academia (en este caso la chilena) se lanzó sobre la presa como es su costumbre. Un “raro”, un “atípico”, un “excéntrico” que no había que dejar pasar. Juan Emar cumplía con casi todos los requisitos para entrar en el santoral. Hagamos de cuenta, entonces, de que somos los primeros. Nada nuevo. El historial es larguísimo. Monografías, semblanzas y estudios aburridísimos empezaron a circular por la Web. Enseguida comenzaron las operaciones de filiación. Había que buscarle una familia al expósito: que Kafka (siguiendo a Neruda), que Proust (siguiendo a José Miguel Ibáñez), que Raymond Roussel (siguiendo a Aira). Y entre los latinoamericanos, volvían a resonar los viejos nombres (Felisberto, Macedonio), a los que se le empezaban a sumar, entre otros, el de Pablo Palacio, un pariente ecuatoriano.

Ahora, finalmente, llegan a las librerías argentinas dos ediciones locales de Emar, la novela Ayer (Final Abierto) y el libro de cuentos Diez (Mansalva). Dos libros que, al menos por lo que dicen los dueños, son una buena muestra de lo mejor de la literatura del chileno. Ayer es el relato de una serie de episodios que se suceden a lo largo de un día en la ciudad San Agustín de Tango, vertebrados por el paseo que realizan el narrador y su esposa. La novela se abre con el espectáculo de la decapitación de un personaje, Rudecindo Malleco, acusado de practicar con su esposa el “amor cerebral”. De entrada, entonces, la vieja fórmula lautreamontiana del humor y el horror haciendo migas, pasándose el testigo. Rasgo que reaparece, casi de manera constante, junto con las digresiones obsesivas, en los demás episodios (y también en los relatos de Diez), sobre todo en la extraordinaria escena del zoológico, en la que luego de unirse al coro de los monos cantarines, la pareja asiste al hilarante duelo del avestruz y la leona. Contra lo esperado, el bípedo sale vencedor: gracias a un amague magistral, que es descrito en todos sus detalles, el avestruz no sólo logra engullirse inverosímilmente a la leona, sino que, luego de una digestión semejante a la que realizan las boas constrictoras, la expulsa por el ano. La leona, que no ha muerto pero ha perdido complemente su piel, una vez fuera del avestruz sale corriendo y se pierde en los matorrales. La novela continúa en esa línea, pero con el paso de los capítulos el delirio deja de hacer pie en la narración propiamente dicha para centrarse en la percepción. El razonado desarreglo de todos los sentidos: ésa es la premisa que parece guiar a los narradores de Emar. Siempre hay ahí, oculto en la realidad, algo indefinido –y temible– que sólo es detectado por la percepción desarreglada. En el relato “Maldito gato”, al comentar la experiencia del “bastoncito de candiyugo”, el narrador dice: “Producíase sobre esa realidad una visión, una audición, un olfato, un tacto, un sabor de tal modo distintos, que la comprensión de ella cambiaba hasta el punto de saber uno cómo se engaña en su vida diaria al juzgar por lo sentidos”. Las cosas nunca son lo que aparentan ser; simplemente hay que saber mirar, escuchar, oler, etc. La realidad de los relatos de Emar aparece, así, siempre filtrada por el recelo, el resquemor y la paranoia. Estados de ánimo que, a su vez, desencadenan interminables digresiones de todo tipo, saturadas aquí y allá, maniáticamente, por irrisorias precisiones matemáticas y geométricas (de ahí el parecido con Roussel que señala Aira).

Sin embargo, más allá de ciertas características que por momentos acercan la literatura de Juan Emar a las de otros escritores con los que se lo ha comparado (Lautréamont, Roussel, Kafka, Proust, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández, etc.), su escritura parece siempre escapar, hábilmente, a cualquier parentesco. Emar –esto ya se ha dicho, pero vale la pena insistir– se parece a todos ellos, sí, pero al mismo tiempo a ninguno. Más que a favor (de cierta literatura prestigiosa, experimental o de “vanguardia”), tanto Ayer como Diez dan la impresión de haber sido escritos como fueron escritos, desde siempre, los mejores libros: en contra. En contra de la mala literatura de su tiempo, esa que se nutría de las convenciones del realismo, de sus estereotipias, de sus tediosas imposturas. Esa literatura por la que Emar sentía un verdadero rechazo y de la que, como rezaba su pseudónimo, estaba harto.

Mariano Dupont

Final Abierto. 148 páginas. Estudio preliminar de Cecilia Rubio.

Mansalva. 176 páginas. Prólogo de César Aira.



No Responses Yet to “Juan Emar / Ayer y Diez”

  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: