Graciela Speranza / En el aire

14Sep10

No son muchos los ejemplos de teóricos o ensayistas notables, dentro de los márgenes de la literatura argentina, que hayan alumbrado obras de ficción de cierta relevancia. A la ligera, quizá el único caso digno de mencionarse sea el de Ricardo Piglia, pese a lo escaso de su producción (se suele bromear con que Piglia sólo reedita, aunque por estos días, justamente, acaba de publicar una novela nueva). Habrá que sumar entonces a esa flaquísima lista el nombre de Graciela Speranza, quien ha hecho un recorrido zigzagueante a través de distintos géneros –entre ellos el periodismo cultural y el guión cinematográfico– para terminar recalando, con absoluta solidez, en el terreno de la novela.

Luego de Oficios ingleses (03), En el aire narra otra vez una historia relacionada con el desarraigo y las heridas profundas que dejó la última dictadura. El título ocupa, en ese sentido, un rol medular: porque más allá de que efectivamente se desarrolla casi en su totalidad durante un viaje de ida y vuelta en avión –Londres-Nueva York-Londres–, lo cierto es que el protagonista, aunque ha pasado la mitad de su vida establecido en la capital inglesa, no puede dejar de sentirse un emigrado, alguien que en verdad pertenece a otra parte, un sitio que es capaz de reclamarlo cuando menos los sospecha. Bastan así unas pocas fotos, recibidas por Bruno a las corridas antes de emprender su excursión anual al otro lado del océano (es ilustrador, y en cada viaje recoge los encargos sobre los que trabajará los meses siguientes), para que se dispare un mecanismo silencioso y sutil, una cadencia que lo lleva a visitar lugares tristemente conocidos.

No hay tierra firme, parece decir Speranza, para quien no ha cerrado sus heridas. Esas imágenes, que corresponden a una serie de obras de un antiguo artista herrero (de quien su padre fuera un discípulo aventajado), le permiten a Bruno desmadejar la historia del “maestro” y el influjo que ha tenido en su familia, así como recuperar una vez más la imagen de Ana, su hermana desaparecida. Mientras desmenuza las fotografías, piensa también en su propia relación con el arte, y allí es donde el pasado se cuela para travestirlo todo, o mejor, revelarlo. A la manera de lo que Lucrecia Martel hace tan bien en sus películas, Speranza nos muestra en esta precisa y breve máquina narrativa una serie de cuadros incompletos, todos inquietantes, en los intersticios de la historia. El dolor está ahí, qué duda cabe. Pero también la belleza.

José María Brindisi

Alfaguara138 páginas.



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