Ricardo Güiraldes / Diario. Cuaderno de ejercicios espirituales

03Nov10

Algo inevitable, pareciera, un hecho: cuando un “escritor” escribe –una novela, un poema, un diario, una carta, un papelito, lo que sea–, lo primero que aparece, siempre, es la literatura. La literatura como ornato, como artificio, como eso que el escritor adosa a fin de envolver –embelleciéndolos o afeándolos– ciertos “contenidos”. Por más grandes que sean los esfuerzos, por más cintura que tenga el escritor, la literatura lo supera, lo desbanda, lo delata. No puede evitarlo. Está deformado profesionalmente, el escritor. Y la literatura –lo aprendido– se le presenta ante los ojos, con el lápiz: el escritor escribe –se sabe– siendo mirado. No hay intimidad, pues, en la escritura íntima del escritor. No hay privacidad. Todo ha de pasar, forzosamente, por el cedazo de una mirada –la de la misma literatura–, mirada que el escritor, arteramente, dispone allá adelante, en el porvenir, porque sabe que un día, seguramente, él ya difunto, va a ser leído con ojos “hostiles”.

El diario de Ricardo Güiraldes, que ahora publica la editorial Paradiso con un estudio preliminar de María Gabriela Mizraje y un apéndice que contiene la edición facsimilar, fue escrito, sin embargo, con la intención de dejar a un lado la literatura: “Diario”, dice al comienzo, “en que toda literatura esté ausente, me propongo anotar hechos de trabajo, para ejercer sobre mí un control”. Pero ¿es eso posible? ¿Es posible, para alguien que a esa altura –1923– ya había publicado casi toda su obra, escribir de espaldas a la literatura, escribir olvidando que se es un “escritor”? Pensemos que sí. Güiraldes optó, para esto, por una escritura disecada, por la frase breve, el participio, el punto y aparte y el registro: “Perdido la mañana”, “Escribo hoy trece”, “Mate en la c. de a.”, “Baño parcial”, “Voy mejor”, “Croquet”, “Me incomoda un poco el recto”, etc. Más que con los “diarios de escritor”, el cuaderno de Güiraldes se emparienta con esos registros obsesivos que suelen llevar durante años algunas almas contables, esos listados pormenorizados, reiterativos, devoción de cagatintas. Lo que queda entre el 19 de marzo de 1923 y el 16 de septiembre de 1924 es un curioso catálogo del consabido espíritu de clase: el ideal aristocrático, los quehaceres, inquietudes y ademanes de un escritor-estanciero, las minucias del ocio (el gasto del tiempo, las quejas por el tiempo gastado), la épica varonil del campo, los almuerzos en el Jockey Club, la literatura francesa. Queda claro, así, que adentrarse, como un hipócrita mirón, en los pliegues de este bello muestrario de la bella época porteña constituye un fruitivo ejercicio de lectura.

Mariano Dupont

Paradiso. 352 páginas.

PUBLICADO EN AGOSTO DE 2008.



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