Juan José Becerra / Toda la verdad

16Nov10

“Aira nos cagó”, decía hace unos años Fabián Casas. Era una forma de intentar resumir un sentimiento complejo y contradictorio, mezcla de admiración y desconcierto, compartido por buena parte de una generación de escritores, lectores desde siempre del escritor de Pringles, respecto de las posibilidades de continuar con su legado narrativo en la actualidad. ¿Cómo? ¿Hacia dónde? El camino se parece más bien a un callejón sin salida al fondo del cual novelistas de la más diversa calaña se intercambian sus dosis de Aira mal cortado. Y pocas cosas pegan tan mal a esta altura como un Aira mal rebajado. Lo de Casas había sido escatológico, pero había dado en el clavo. Sólo que cada tanto, muy de vez en cuando, aparecen novelas como Toda la verdad (o una “novelita”, para ser más precisos con esa nueva unidad de medida de la narrativa local) en la que Juan José Becerra dice: “Se puede: miren”.

“Mi admiración por Aira no tiene reservas. Sus libros son una fiesta que incluye su propia resaca, pero ¿qué fiesta no la tiene? Es un escritor que contribuyó a que consideráramos la literatura argentina como una zona franca y volátil cuya existencia tal vez haya que asociar con el derecho a lo que podemos llamar el delirio formal. Pensemos que allí donde durante muchos años hubo una imaginación borgeana ahora hay una imaginación airana, con lo cual pasamos de un pequeño lote muy fértil y cultivado a un campo abierto donde puede florecer cualquier cosa…”, dice Becerra. Y un poco sorprende que sea él quien se despache con una de las mejores novelitas post-airanas de los últimos años, porque el escritor de Junín no formaba parte del pelotón más visible del Frente Airano de Liberación Nacional, en el que desde hace años militan, con suerte dispar, varios de sus contemporáneos. Becerra pertenecía, en cambio, a una célula que tenía en Saer a su Al Capone: la autodenominada “Mafia de la Oración Subordinada”; los “híperescritores”, como alguna vez los llamó Marcelo Cohen.

Aunque en las novelas de Becerra, sobre todo en la última hasta ahora, Miles de años, había cada vez más lugar para el delirio y el exabrupto, seguía dominando la narración morosa, el objetivismo, la mirada que releva con precisión microscópica y descompone instantes de un presente continuo. En Toda la verdad sigue habiendo frases que calan hondo, frases abigarradas de ideas, frases que disparan para cualquier lado, pero ya desde la primera página se propone otra velocidad. “Quería hacer una novela en base a recursos que no consideraba propios de mí y, de algún modo, usurparlos. Mi deseo fue el de hacer lo que no sabía, escribir una aventura rápida y sin mirar atrás para ver si en la velocidad también se podía pensar… Ahí veo a la frase breve prestando sus funciones al despliegue de la novela, pero también hay que reparar en que no es lo largo o lo corto de las frases lo que hace avanzar una historia sino su relación con los verbos. Cuanto más verbo, más acción. Fue una decisión básica pero ignoro de quién. Porque el control que se puede ejercer sobre el libro que estás escribiendo es siempre nulo, salvo que seas un psicópata al que le interesa más corregir que escribir. Hasta podríamos decir que escribir es exclusivamente una experiencia que consiste en descontrolarse.”

Al igual que sus tres novelas anteriores, Toda la verdad está vertebrada por un protagonista masculino. Así como Castellanos en Miles de años, Rosales en Atlántida, Santo en la novela homónima, el Ingeniero Miranda es un hombre en crisis. Un empresario millonario que un día decide dejarlo todo para internarse, a pie, en la pampa y vivir en la inmediatez más absoluta en comunión con la naturaleza. Finalmente tiene una revelación, una suerte de experiencia mística y al volver a la ciudad, tras una serie de malos entendidos, termina convirtiéndose en autor de un best-seller de autoayuda de escala planetaria, un efímero gurú del nuevo milenio. Pero más allá de lo argumental, la novela se sostiene porque logra ese “pensar en la velocidad”. Porque aunque el narrador nunca termina de tomarse del todo en serio a Mirada, a pesar de la sátira y la ironía, a pesar de la hipérbole, a pesar de las escenas de gang bang, la pregunta acerca de la verdad, de la relación entre las palabras y las cosas, de la posibilidad de transmitir la experiencia, entre otras preocupaciones epistemológicas, no son meros hilos o detalles narrativos, sino engranajes centrales del relato. “Siempre me pareció que el problema de la filosofía era literario y que el problema de la literatura era filosófico. La primera tiene que enfrentar el problema de decir y la segunda el de pensar. No hay duda de que lo que se cuenta en Toda la verdad está al servicio de la literatura, y eso ocurre porque el metabolismo de la literatura es ‘superior’ al de cualquier otra disciplina que se haga con palabras. Es algo natural. La literatura es el rey en la selva del lenguaje, algo así como un león omnímodo y ciruja que puede vivir tanto de la caza como de la recolección.”

Otro pilar de la novela se asienta en el retrato cáustico de los grandes grupos editoriales, del proceso de manufactura de los best-seller de autoayuda, el marketing y la promoción descerebrada que los rodea. Sin embargo, el de Becerra no es el típico lamento del escritor “serio” en vías de extinción, sino más bien un intento de hacer literatura con aquello que está en sus antípodas, por narrar desde adentro el funcionamiento de la industria cultural. Y en esos momentos en que aflora la mirada aguda del Becerra cronista, del etnógrafo social que desentraña sentidos y corre los velos, surge la pregunta por las diferencias en los modos en que la realidad se filtra en sus textos de ficción y no-ficción. “Me interesa mucho excavar los lugares comunes y, en la medida de lo posible, exhumar el sentido enterrado de las cosas. Enterrado y muchas veces lapidado con toneladas de cemento. En eso soy un militante barthesiano. Barthes es mi General Perón… Sin embargo, veo diferencias interplanetarias entre escribir ficción y no ficción. Digamos que el escritor de no ficción es un terrícola respecto de los materiales que utiliza, mientras que el escritor de ficción es un marciano.”

Matías Capelli

Seix Barral. 130 páginas.



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