Rita Gombrowicz / Gombrowicz en Argentina. 1939-1963

30Nov10

Si seguimos el tour guiado que nos propone el pequeño museo Gombrowicz en Argentina. 1939-1963, libro compaginado por su mujer Rita en el que intentó redescubrir los años que el escritor polaco pasó en la Argentina, y que fue reeditado ahora por El Cuenco de Plata, nos encontraremos con testimonios fotográficos, documentos institucionales, escritos de terceros, o bien salidos de la propia pluma del homenajeado, un díscolo y perpetuo desterrado. Y luego de pasar por el quiosco de regalos, podremos leer, como en una sucesión de postales, el descolorido que el recuerdo posee al rememorar un itinerario trágico y divertido por un lado, una selección un poco demasiado pudorosa con la intimidad que tan bien Gombrowicz supo escamotear en vida, mientras que por otro a la vez nos presenta muchas veces un brillo intenso a la hora de buscar contradicciones, resaltar amaneramientos o dejar ver el fastidio que algunos parecían sentir cuando descubrían finalmente que el hombre todo no era más que un personaje, aunque no por esto menos comprometido con la literatura. En definitiva, al cerrar el libro tenemos la fuerte sensación de que se nos ha hablado de un hombre provocador hasta la teatralidad más exaltada.

No en vano Gombrowicz dijo que esta patria de vacas que se encontraba a tanta distancia de Europa tenía también una gran distancia con la literatura. O bien que Sudamérica, este país, sólo podría asumir su identidad si aceptaba que su literatura siempre sería menor. Es fácil imaginarse la gracia que le causaría a Gombrowicz escuchar hoy en día cómo algunos intentan –tal vez ellos mismos no busquen otra cosa que romper otras supersticiones– hacerlo entrar dentro del canon de la literatura vernácula. Todo un gesto rebuscado, vano, destinado a un hombre que rechazó todo y que nunca dejó de lado el uso de las contradicciones como método destructivo, desde el comienzo de su vida literaria, acentuándolo con su llegada a la Argentina, como fatalidad que se impone, como una manera de estar siempre en el centro de la mira y sin dejar de activar al máximo las fuerzas centrífugas de la personalidad.

En Gombrowicz siempre el centro será excéntrico por excelencia. Pero es sobre todo el culto a la personalidad y a la originalidad como una nueva forma del academicismo la característica de un Gombrowicz que siempre estará dispuesto a definir las situaciones a través de la búsqueda de un efecto dramático: hombre vital que encuentra su signo y destino en la teatralización de la vida. Nos enteramos así en este recorrido coral por sus años argentinos de sus rupturas caprichosas, o de que apenas desembarca, niega ser un novelista, para acto seguido definirse como poeta, aunque al poco tiempo, aun sin dominar del todo el idioma, se atreve a colocarse en el vórtice de la polémica al dar una conferencia contra los poetas y la poesía en la librería Fray Mocho. El efecto dramático, recorriendo todo el espectro de las contradicciones hasta llegar al desprecio como cualidad categórica, fue el cincel que talló este diamante que pasaba de un comentario a otro como si buscara intensificar ese tipo de maldición que porta una joya pasada de generación en generación y que hace que se la codicie pero que a la vez se la recele.

En definitiva, Gombrowicz, con su eterno rechazo, casi de punk atildado, no fue otra cosa que un clown del desprecio absoluto al hacer un uso extremo de la posibilidad teatral que anida en la vida, y no sólo del desprecio por una clase o condición social, o de una forma de ejercer la literatura o el arte. Un clown del desprecio que trataba de ir más allá de cualquier práctica aunque ésta se ejerciera con la más absoluta maestría, y tal vez sobre todo cuando era ejercida con un estilo sobrealimentado, como con el que Nabokov supo ejercitarse como artista supremo del desprecio. Tal vez Gombrowicz hubiera sido un digno contrincante de este cazador furtivo de palabras y mariposas, apuntando hacia lo bajo sin el miedo a la vulgaridad que tal vez paralizó toda su vida a aquél otro exiliado. Gombrowicz, como el príncipe de Yvonne, princesa de Borgoña, por querer ejercer la aristocracia llevada al límite, sólo se sentía satisfecho al verse como príncipe ante sus propios ojos y no ante los ojos de la corte. Practicaba una soledad entendida como bien despótico, una soledad opuesta a cualquier idea cortesana de la vida, de la literatura, pero por sobre todo ante cualquier idea cortesana de la aristocracia.

Podemos encontrar un ejemplo donde se ve con total claridad el efecto dramático con el que Gombrowicz se desenvolvía al seguir las anécdotas que nos relatan la traducción colectiva que emprendió de su novela Ferdydurke junto con sus amigos en las veladas del Café Rex. Entre partidos de ajedrez y humo de tabaco, Gombrowicz se ejercitaba en el rol que tal vez más lo satisfacía: el de dictador. Con un texto propio que se abría a un español mucho más amplio de lo que podía comprender, tan amplio como esa porción de América, la pampa, en la que se albergaba y exiliaba, por capricho, por frivolidad, y que contenía los registros que iban desde el cubano Virgilio Piñera, Presidente Oficial del Comité de Traducción, nombrado por el mismo demiurgo, hasta los matices más argentinos de Rússovich o de De Obieta, Gombrowicz buscaba regir el curso de los acontecimientos a su manera, distribuir los actores, asignarles roles y papeles que cambiaba sin razones aparentes. Un acto de traducción que se volvía puesta en escena, algo muy apropiado para alguien que dijo, según testimonios de Jacobo Muchnik, “favorecer la personalidad, ya que el arte no posee a esta altura nada para agregar”. Es decir, el hecho de que por momentos creamos que Gombrowicz casi parece haber escrito en rioplatense, no sería otra cosa que un efecto magistral del montaje de aquella traducción que aún resuena en otro oído, el del tiempo futuro, del cual somos una parte.

Germán Scalona

El cuenco de plata. 350 páginas.

PUBLICADO EN JULIO DE 2008.

 



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