Antonio José Ponte / Las comidas profundas y Corazón de skitalietz

14Nov10

Escribir sobre Antonio José Ponte (Matanzas, Cuba, 1964) implica inevitablemente referirse a una poética. Es uno de esos escritores que dejan entrever en cada palabra una posición frente a la escritura. A caballo entre el ensayo y el relato, Las comidas profundas es una breve obra maestra sobre la escasez que vertebra la realidad cubana. Así, por una mesa vacía donde un mantel de hule con dibujos de comidas se funde a negro, la voz del narrador y la Historia, como un sueño apócrifo, entra en escena: Carlos V, monarca de apetito desmedido, conoce a la reina de las frutas, la piña. El narrador sigue, a lo largo de 54 páginas, alucinando genealogías de la escasez y la abundancia. Las comidas aparecen como recipiente mitológico, como ritual que pasa de generación en generación. Es decir, como un accidente de la identidad que la serena prosa visionaria de Las comidas profundas explora, no a la manera de un inventario antropológico, sino como un derrotero literario: de la fluidez erótica de Lezama Lima a la aridez de Virgilio Piñera. Así, en uno de los siete capítulos se cuenta cómo la escasez, en su límite material, propicia alimentos –delirios– sustitutivos: un cargamento de trapos de piso desaparece de la aduana; poco después, esos trapos, cortados en cuatro, tiernizados en jugo limón y empanizados, se multiplican en La Habana, como carne falsa. De algún modo, el alimento que da el bosque, las raíces, comidas predilectas de Cuba, también son texturas sustitutas de la carne. Quizás en este párrafo esté expuesta, como profecía y también como manjar, la poética de Las comidas profundas: “Lo que está al final del comer cubano supone el final de todas las comidas cubanas, es la sombra. Por eso Lezama Lima habrá escrito que al comer el cubano se incorpora el bosque. Un pueblo tan solar está obligado a comer oscuridades por naturaleza”.

Esa naturaleza solar aparece declinada también en los cuentos de Corazón de skitalietz. Casi siempre, bajo una luminosidad cegadora, se consuman o fracasan los encuentros. Un hombre vuelto de Rusia rastrea inútilmente a su pareja y da con un acertijo. Un anciano jugador de ajedrez en una encrucijada fantasma y tropical, a pleno día, espera a un adversario con el que ha mantenido largas partidas epistolares. En el vagón de un tren que parece marchar al infinito, una serie de prisioneros voluntarios viven esperando un momento de libertad, aunque en esa huida circular han olvidado quiénes eran. La nouvelle que da título al libro, Corazón de skitalietz, es quizás el relato más sofocante y épico del volumen, y uno de los más extraños y conmovedores que dio la literatura latinoamericana en los últimos años. Ahí La Habana aparece como cárcel luminosa, el amor es casi la consecuencia anecdótica de la enfermedad, la miseria una conjugación de la locura que, ante la muerte, puede terminar cristalizando la relación de un hombre y una mujer. Los encuentros a oscuras, la clandestinidad que la locura parece deletrear, son arterias de un relato que concentra la esencia pontiana.

Autor además de una novela notable, Contrabando de sombras, de un libro inclasificable como La fiesta vigilada, y de Asiento en las ruinas, un volumen que reúne todos sus poemas y tiene edición local por Eloísa cartonera, Ponte, a diferencia de muchos cubanos que han dejado la isla y se abisman en el panfleto, afina una percepción política sobre realidades karmáticas, casi al modo kafkiano, y evita especialmente en La fiesta vigilada, la denuncia social, la alegoría, la nostalgia viciosa, para elegir el camino más difícil: el de una (po)ética en la cual las palabras justas, como rasgos de un individuo, pasan a ocupar de inmediato un espacio íntimo en la memoria del lector.

Oliverio Coelho

Beatriz Viterbo68 y 140 páginas.



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